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Artículo del Embajador Alexey K. Labetskiy en el diario "El Observador"

Camino hacia la estabilidad en Europa

 

 

Después del fin de la Guerra Fría se perdió la única oportunidad real de acabar con su herencia de una vez para siempre, borrar las líneas divisorias, terminar con hostilidad, garantizar la paz y el bienestar al Viejo Mundo para el bien de la generación actual y las futuras. Hubo todas las premisas para esto, las discrepancias ideológicas se eliminaron y el Muro de Berlín que las personificaba quedó destruido.

Destacaré que nuestro país hizo una gran aportación para eliminar la herencia de la época de confrontación, entre otras cosas, mediante la retirada de las tropas y armas de Alemania, Europa del Este y países del Báltico. Durante todos estos años, hicimos todo lo posible para fortalecer el entendimiento mutuo y promover la cooperación fructífera y de ventaja mutua en varios ámbitos: desde la economía y comercio hasta el arreglo de las crisis y la lucha contra el terrorismo.

En 2008 propusimos la iniciativa de firmar el Tratado de Seguridad Europea que estipulase los respectivos compromisos políticos sobre la seguridad igual e indivisible declarados solemnemente a finales de los 1990 - principios de los 2000 en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa y en el marco del Consejo Rusia-OTAN. Desgraciadamente, el proyecto de este tratado fue rechazado, porque los miembros de la OTAN decidieron que las garantías jurídicas de seguridad las podían tener sólo los que se adherirían a la Alianza Atlántica. Fue un rumbo premeditado, dirigido a preservar las líneas divisorias en Europa. Las consecuencias de esta mentalidad aún no han desaparecido. Los pasos de Rusia dirigidos a llevar a cabo proyectos de infraestructura a gran escala, en particular en el sector energético, incluyendo el gasoducto Nord Stream, buscaban garantizar el desarrollo sostenible de todos los países europeos. Nuestra propuesta de formar en un futuro una alianza energética de Rusia y la UE perseguía los mismos objetivos. Exhortábamos tenazmente a nuestros socios que eliminasen la barrera de los visados que fue un evidente anacronismo que limitaba la expansión de los lazos comerciales, inversionistas, culturales, humanitarios y contactos personales.

Desgraciadamente, el intento sincero de establecer una amplia asociación (aspirábamos a realizarlo de hecho), nuestro intento de convertirla en la asociación realmente estratégica no recibió un apoyo necesario por parte de los países occidentales. No voy a generalizar, algunos Estados estaban dispuestos a aceptarlo, pero la solidaridad del bloque, la postura basada en el principio “todos o nadie”, obligó al final, a nuestros socios occidentales rechazar nuestra propuesta y seguir dividiendo a todos en “amigos” y “enemigos”. Como saben, se hablaba mucho de esto hace poco, las declaraciones que la OTAN no iba a expandirse hacia el Este no fueron más que palabras. En el marco del proyecto Asociación Oriental, se emprendían intentos de poner a los países del espacio postsoviético ante una elección artificial: “estar con nosotros o contra nosotros”, lo que fue de nuevo un juego sin ningún resultado.

En general, en cuanto Rusia salió al camino de desarrollo progresivo, al superar las consecuencias de la crisis de los años noventa, afrontamos una nueva espiral de la política de disuasión dirigida contra nosotros. Entre otras cosas, unas de las manifestaciones de este rumbo fueron el golpe de Estado y la toma violenta del poder en Ucrania, apoyados por Washington y Bruselas, la introducción de sanciones unilaterales antirrusas. La realización de los planes de EEUU para desplegar el segmento europeo del sistema global de defensa antimisiles, las acciones de la OTAN para militarizar rápidamente las regiones de Europa del Este, países del Báltico.

La elite europea discutió este desarrollo de los acontecimientos. El resultado para hoy, al menos, consiste en que este grupo, en su mayoría, no pudo oponer a la presión proveniente desde el otro lado del océano y se adhirió a la política antirrusa. Mientras, la propia Europa (no es algún secreto) no aumenta su peso en la arena internacional, sino afronta varios desafíos graves: desde las consecuencias de la crisis financiera hasta el crecimiento de la amenaza terrorista y una afluencia masiva de inmigrantes. Es evidente que en el actual mundo interconectado es imposible crear islas aisladas de seguridad y se puede resolver problemas comunes sólo en conjunto. Vemos las pruebas de esto diariamente.

Partimos lógicamente que es poco probable que se logre garantizar a Europa, incluida la Unión Europea, un puesto digno en el nuevo orden mundial policéntrico sin aunar las capacidades de todos los Estados. La historia demostró en reiteradas ocasiones que los intentos de aislar a Rusia tenían, de manera invariable, graves consecuencias para todo el continente europeo, mientras que un involucramiento enérgico de nuestro país en sus asuntos se acompañaba con largos períodos de la estabilidad.

Para construir una “Europa grande” desde el océano Atlántico hasta el Pacífico es necesario cumplir con varias condiciones. Ante todo, se debe empezar no sólo en palabras sino con los hechos a crear la arquitectura de seguridad igual e indivisible, según lo estipulado en las decisiones de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa y del Consejo Rusia-OTAN. Hay que llegar a un acuerdo de observar rigurosamente el Derecho Internacional, incluidos los principios de soberanía nacional y de la no injerencia en los asuntos internos, renunciar al apoyo inconstitucional del cambio del poder en otros Estados.

El presidente ruso, Vladímir Putin, confirmó en reiteradas ocasiones que estamos dispuestos a concertar tales acuerdos, confirmar de nuevo todos los compromisos estipulados en la Carta de la ONU, a formar un espacio común económico y humanitario desde Lisboa hasta Vladivostok. Creemos que hay todas las premisas necesarias para realizar esta tarea estratégica. Se trata de orígenes civilizatorios y culturales comunes, un alto grado de la complementariedad recíproca de las economías, la fidelidad a las únicas normas de comercio, de conformidad con las normas de la OMC, el interés hacia la búsqueda de las vías de crecimiento innovador.

En este ámbito, damos una importancia especial al tema que se puede caracterizar como la “integración de integraciones”, es decir, el establecimiento de una interacción real entre la Unión Europea y la Unión Económica Euroasiática. En octubre de 2015, el respectivo documento preparado por la UEEA fue entregado a la Comisión Europea con la propuesta de iniciar las discusiones en su base. Seguimos esperando una respuesta substancial de nuestros colegas en Bruselas.

Claro está que la construcción de la casa común europea no tendrá éxito si no se garantiza la libertad de movimiento de los ciudadanos, la defensa de derechos de las minorías étnicas, la lucha intransigente contra todas las formas y manifestaciones del racismo, xenofobia, nacionalismo y chovinismo.

Hoy es necesario aplicar esfuerzos enérgicos para restablecer la confianza mutua en Europa que resultó socavada seriamente debido a la crisis en Ucrania. Todos estamos de acuerdo que en la agenda queda el cumplimiento inmediato y pleno de los Acuerdos de Minsk, en el marco de los que, según sabemos, Kiev asumió los compromisos concretos de conceder un estatus especial a Donbás, al fijarlo en la Constitución de Ucrania, promulgar la ley de amnistía, celebrar las elecciones locales. Subrayo que se trata de las normas básicas europeas que prevén que los ciudadanos tienen derecho a la autonomía y el uso de la lengua materna sin obstáculos. Rusia está interesada en arreglar el conflicto cerca de sus fronteras más que otros países, a pesar de que se puede oír las declaraciones que nuestro país quiere dilatar artificialmente este conflicto, manteniéndolo en un estado calentado o congelado para siempre. Se trata de los intentos de cargar la culpa en la cabeza ajena de modo inapropiado.

Y lo más importante es que los acontecimientos recientes, en particular el Referendo de Brexit, las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, así como las elecciones en Bulgaria y Moldova, muestran que las élites dominantes de Occidente, probablemente, deberían pensar si la creencia en su propia excepcionalidad corresponde a las realidades del mundo multipolar y el estado de ánimo en la sociedad y entre sus propios electores.

 

 


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