Las lecciones de la Segunda Guerra Mundial

El artículo "Las lecciones de la Segunda Guerra Mundial" del Embajador de Rusia en Uruguay, Nikolay Sofinskiy, publicado en el diario La República el 1 de septiembre de 2019

El 1 de septiembre es una de las fechas más trágicas de la historia mundial. Este día, precisamente hace 80 años, comenzó la guerra más devastadora sufrida por la humanidad. Duró 6 años, abarcó el territorio de 40 países, tuvo 61 países como participantes o el 80% de la población mundial, y dejó cerca de 70 millones de muertos.

El número de víctimas superó cinco veces las estadísticas de la Primera Guerra Mundial, mientras que el daño material fue once veces más grande. Los gastos militares totales fueron de 4 billones de dólares estadounidenses. 

Aunque la Unión Soviética entró en la Guerra dos años más tarde, el 22 de junio de 1941, fue nuestro país el que sufrió el golpe principal. Para nosotros, los actuales sucesores derechohabientes de la URSS, se convirtió en la Gran Guerra Patria, porque todos los pueblos del país contribuyeron con su mayor esfuerzo para alcanzar la victoria, manifestando su heroísmo, valentía sin precedentes y sacrifico en aras de la paz, la libertad y la justicia. 

El precio de la victoria fue terrible. Tanto en los campos de batalla, como en los campos de concentración, los terrenos ocupados, el asedio del Leningrado y en la retaguardia, murieron casi 27 millones de personas. Fue arruinado un tercio de las riquezas nacionales del país, se destruyeron 1710 ciudades, más de 70 mil poblaciones, innumerables plantas, fábricas y miles de kilómetros de ferrovías.

La disminución de la totalidad de la población masculina alteró el equilibrio demográfico del país en varias generaciones. El daño causado por la destrucción directa de los valores materiales en el territorio de la URSS equivalía a casi el 41% de las pérdidas de todos los países que participaron en la guerra. 

Y hoy, en el día del duelo por los acontecimientos de aquella época no podemos dejar de rendir homenaje a los caídos, pasar por alto las páginas trágicas de nuestra historia común ni dejar de recordar unos a otros de su significado y sus lecciones.

La lección más importante consistiría en que por esta experiencia tan excepcional y dramática sabemos que ante una amenaza común todos los países y pueblos, independientemente de sus desacuerdos políticos e ideológicos, resentimientos y discrepancias, pueden permanecer unidos y resistir contra un enemigo común. Hoy, en nuestro mundo fragmentado y tan dividido, con varias líneas de confrontación, cuando existen múltiples amenazas comunes, aprender esta lección parece de suma importancia. 

Sabemos muy bien que los esfuerzos unificados de los países miembros de la coalición anti-Hitler hicieron posible la victoria. Es innegable el reconocimiento de la contribución de nuestros aliados – Estados Unidos y Gran Bretaña – que abrieron el segundo frente el 6 de junio de 1944 en la Europa Occidental y que prestaron a nuestro país una asistencia considerable en forma de suministros de mercancías con el volumen total de 16,6 mil millones de toneladas que variaban desde alimentos hasta equipos militares.

El pueblo ruso siempre estará agradecido por la solidaridad, que mostraron los socios occidentales de la fraternidad bélica de aquellos años.

Pero también siempre vamos a recordar la irrecuperable carga de la lucha que soportó el pueblo soviético. Durante casi cuatro años el frente soviético-alemán atrajo la mayor parte de los contingentes y las capacidades de Alemania nazista – el 72% de su totalidad. Un total de 607 divisiones del agresor fueron destrozadas en el frente oriental contra 269 divisiones en el escenario occidental de la guerra. 

Las pérdidas de Alemania y sus aliados en el frente soviético-alemán alcanzaron 7,8 millones de personas, más de 75% de armas y técnica militar, que es cuatro veces más que en los escenarios de la guerra en Europa Occidental y el Mediterráneo conjuntos. 

Fue en el Frente Oriental dónde fueron destruidas las bases materiales e infraestructurales del Tercer Reich, que lo convirtió en el frente principal y decisivo de la lucha contra el nazismo.

La segunda lección, que siempre se quedará en la historia, independientemente de las tendencias políticas y los enfoques ideológicos del tiempo cambiante.

Liberando otros países y naciones del nacismo solamente en los combates en Europa el ejército soviético perdió casi 5 millones de vidas humanas en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Alemania, Rumania, Austria, Yugoslavia, Estonia, Letonia, Lituania, Moldavia, Ucrania y Bielorrusia. Centenares de millares de soldados soviéticos están enterrados en el suelo europeo, chino y norcoreano. Mucho de lo logrado actualmente por países europeos y asiáticos descansa sobre las vidas de los soviéticos.

Por muy trágica que haya sido la guerra enriqueció la historia con la experiencia de la cooperación internacional de diferentes estados. La victoria marcó el punto de inflexión del desarrollo social en el mundo, estableció las bases para los cambios profundos en reequilibrio de poderes sociales y nacionales en la palestra internacional, creó antecedentes para la reconstrucción del mundo en forma democrática y para la renovación social.

Reafirmó la vitalidad de las tendencias progresistas del siglo XX, de las aspiraciones de los pueblos a tener un orden social más justo y seguro. El resultado de dichas tendencias llegó a ser la creación de la Organización de las Naciones Unidas nacida por el espíritu de la victoria como la encarnación de la aspiración de todos los pueblos a accionar juntos en la solución del destino del mundo.

Desgraciadamente no todas las esperanzas lograron cumplirse. El mundo vuelve a vivir tiempos difíciles de cisma. A lo mejor valdría la pena mirar hacia atrás, para no perder las oportunidades existentes.

La guerra quemó con dolor y sangre los corazones y las almas del pueblo soviético. Casi ninguna familia escapó de su efecto. Mi padre y mi suegro participaron en la guerra, atravesaron los crisoles de las batalles más crudas – la Batalla de Kursk, la Ofensiva de Jassy-Kishinev entre otros. Mi padre terminó la guerra en Bulgaria, mi suegro – en Polonia. Sufrieron numerosas lesiones, fueron condecorados con órdenes y medallas de batalla. Para nosotros la memoria de aquellos años es inolvidable y sigue siendo la parte inalienable de nuestras vidas.

Hoy, en el 80º aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial, bajando nuestras cabezas frente a los héroes, somos plenamente conscientes de que la comprensión de la historia es la elección del camino hacia el futuro. Y esto debe ser la tercera lección para todos nosotros.